Resumen
A finales del siglo XVIII, Kant escribió su Idea para una historia universal en clave cosmopolita (1784), el acta fundacional de su filosofía sobre la historia, completada por otros textos fundamentales al respecto como Teoría y práctica (1793), Hacia la paz perpetua (1795) o El conflicto de las facultades (1798). En el Siglo de las Luces late por todas partes la idea del cosmopolitismo, el sentirse ciudadano del mundo en cuanto miembro de la humanidad. Baste recordar el Ensayo sobre las costumbres (1756) de Voltaire o las contribuciones anónimas de Diderot a la Historia de las dos Indias (1774-1780). En ese contexto, Kant sugiere hacer una historia filosófica que permita rastrear un continuo progreso hacia lo mejor, por muchos hiatos y reversiones que se puedan detectar en su marcha. Ese progreso se produciría gracias a un relevo generacional guiado por la esperanza de poder mejorar el futuro. El espectáculo que brinda una visión panorámica de los asuntos humanos en términos históricos es tan bochornoso como desolador. Los destellos de prudencia se ven eclipsados por un penoso balance del conjunto, que se diría urdido por una locura y vanidad infantiles e incluso por una maldad y un afán destructivos y pueriles. Para no caer en el desánimo, conviene buscar en ese absurdo decurso de las cosas humanas un hilo conductor que nos permita diseñar otro desenlace.
